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Miguel Gambín


2 de diciembre de 1981. Los vehículos avanzaban levantando nubes de polvo. Nos acercábamos a Tuba, de la que tanto habíamos oído hablar en los últimos meses. Sabíamos que la gente nos esperaba, y que habían pasado semanas preparando nuestro recibimiento. Pero aquello que vivimos aquella mañana sobrepasó nuestra capacidad de imaginación.

A la vuelta de una curva, la muchedumbre nos esperaba en medio del camino, a unos centenares de metros de la aldea, pues, según nos explicaron, la tradición pide que se reciba a unos invitados distinguidos, no en la aldea, sino a cierta distancia de ella, acompañándoles en comitiva.

Aquella fue la primera sorpresa: cantos, disparos de fusiles artesanales, gritos de las mujeres, tambores de fiesta, de los que solo se sacan en las grandes ocasiones. (Ese día íbamos a recibir una lección intensa de cultura local) Luego unas chicas nos ofrecieron agua en unas calabazas grandes. Después, envueltos en la polvareda grisácea, fuimos caminando hasta el lugar preparado para el recibimiento. A lo largo del camino, la gente se acercaba, y nos decía algo que se nos tradujo como palabras de agradecimiento. Todo el mundo sonreía, algunos nos tomaban las manos, emocionados. Los jóvenes bailaban en derredor nuestro, algunas ancianas se nos acercaban, y tocaban, siempre diciendo: “ Mi wo tian”: (traduzcámoslo por gracias, aunque tiene más miga).

Todo era fiesta, alegría, sonrisa. Nunca en mi vida había visto una muchedumbre tan exultante, tan eufórica y feliz.

¿Pero qué les pasa?, preguntamos a nuestros acompañantes.

Sencillamente, que están contentos porque habéis llegado.

Aquello fue la mayor inyección de autoestima que he recibido en mi vida.





Cuando llegamos debajo del gran árbol, acomodados en la sombra, comenzaron los discursos que se nos iban traduciendo. Recuerdo lo que dijo el viejo Jean Claude Moukoro, ya fallecido: “Durante mucho tiempo, la parroquia ha sido como un bebé que pide de mamar, y no encuentra leche. Hoy que han llegado estos misioneros, nos sentimos aliviados, y dejamos de llorar. Ya tenemos los misioneros que se van a ocupar de nuestras comunidades cristianas”,


Sencillamente, que están contentos porque habéis llegado.



De manera que nos consideraban un regalo del cielo, un don de Dios. A nosotros. Nunca nadie nos había dicho algo semejante. Por lo menos a mí.

Nunca he visto a gente tan alegre, no porque les das alguna cosa, ni porque les resuelves un problema, sino sencillamente porque estás con ellos.

Aquello nos hizo pensar que entrábamos en un mundo muy distinto, que se movía en otros parámetros. En el que habría dificultades, pero ya desde aquel momento empezamos a encontrarnos en casa. Habría que aprender la lengua, pero siendo acompañados cariñosamente por quien se reía con simpatía de tus meteduras de pata. Habría que aprender una geografía parroquial donde no había carteles, pero sabías que aunque te perdieras, llegabas siempre a un lugar donde serías bien recibido.

No era tan difícil como pensábamos.

Desde aquel día han ocurrido muchas cosas, que he olvidado.

Pero este inicio en Tuba no le he olvidado, ni olvidaré nunca.

No he necesitado tomar ninguna nota, y me he limitado dejar afluir mis recuerdos.

Porque aquel día 2 de Diciembre tomé contacto por primera vez con una sociedad en la que se nos valoraba por lo que éramos, y donde la gente estaba eufórica, simplemente porque nos íbamos a quedar con ellos.

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