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Paco Ortí
EL MALI, COMO UN SUEÑO

Mi experiencia del Malí ha sido muy corta pero intensa.

La salud era uno de los problemas que me costó afrontar antes de tomar la decisión de ir, y luego la de volver. La verdad es que confiaba que al cambiar de ambiente y clima se portara mejor, y no fue así. Cuando llegaron los ataques de paludismo pronto se me acabaron las reservas físicas y resultaba imposible reponerme en aquellas circunstancias.

Después de la primera estancia, tardé tres años en recuperarme. Las ganas de volver, eran muy fuertes; me creía, que con la experiencia adquirida podría superar mejor las dificultades y prestar un mejor servicio. No fue así, y muy a pesar mío, tuve que decidirme a volver de nuevo antes de tiempo.

La inculturación, fue sin duda lo más difícil. Tuba era volver a la prehistoria, a la época de los Patriarcas, de Abraham, Isaac y Jacob. Por mucho que había intentado ambientarme leyendo, viendo diapositivas y reportajes, hablando con los que habían pasado por allí, la realidad superaba con creces lo que había imaginado. Era cambio de clima, de alimentación, de entorno, de personas, de cultura… era como volver a nacer en un mundo completamente distinto.


El saludo es un elemento fundamental en esta cultura en la que la persona, el amigo es importantísimo



Las casas de barro, los animales domésticos sueltos, la ausencia de electricidad, agua, teléfono, los caminos polvorientos o embarrados en la época de lluvia, te llevaban a otras épocas.

Era bucólico despertar en medio de la naturaleza entre el canto de los pájaros, el revolotear de las pintadas (aves), el rebuzno de los asnos, el croar de las ranas…

¿Y los caminos? La primera vez que salí con la moto, los compañeros me dijeron: Animo Paco, coge la moto y vete a Kene, (una aldea a 3 Km de Tuba). Ya sabes el camino hasta la Parroquia, sigue adelante, no tiene pérdida. Lo de no tener pérdida era para los veteranos. Antes de salir del pueblo ya tuve que preguntar, no veía calles ni caminos. No los veía, pero allí estaban. Poco a poco aprendí a verlos.

El idioma es la gran dificultad. Con un francés mal aprendido y no asimilado había que aprender el boré que no tenía nada que ver con los sonidos, estructura ni cultura europeas. Contábamos con el apoyo de un diccionario confeccionado por un padre Blanco, con nuestro interés en aprender y sobre todo con la gran paciencia de las gentes del lugar para intentar adivinar lo que nosotros pensábamos cuando decíamos algo.

El saludo es un elemento fundamental en esta cultura en la que la persona, el amigo es importantísimo. Cuando íbamos al mercado llamaba al principio muchísimo la atención el tiempo que dedicaban a saludarse: cómo estás, cómo está tu mujer, tus hijos, tus parientes, tus animales, tu cosecha, cómo has encontrado a los que te han acompañado en el camino, a los que te has encontrado… respondiendo a cada pregunta muy bien. Después el otro volvía a repetir la misma letanía.

Los primeros pinitos después de los saludos iban por alguna oración de la misa, que intentabas memorizar. Las buenas gentes, alababan el esfuerzo y te felicitaban efusivamente. En una de las ocasiones que había intentado decir la misa en boré me llamó tanto la atención las felicitaciones por lo bien que lo había hecho, que después les pregunté a los monaguillos: ¿Habéis entendido algo? Me respondieron con toda espontaneidad: Nada.

Más adelante cuando ya había que predicar en boré, primero preparaba la homilía en francés luego Francois me la traducía y con él intentaba memorizarla. Lo que yo decía, si en algo coincidía, era pura casualidad.

Una vez a la semana íbamos al mercado a un pueblo a 12 Km. para proveernos de pan y de carne. A la sombra de un gran árbol y unos cañizos los comerciantes exponían sus mercancías en el suelo sobre una piel o un paño. El olor era característico y las moscas y demás insectos acudían aprovechando también ellos la ocasión. Para transportar la carne no hacía falta ninguna nevera, lo mejor era un cubo y sin tapadera; el aire y las altas temperaturas pronto creaban su propia capa protectora.

 


La amabilidad, la disponibilidad de la gente para colaborar, la hospitalidad, son características de todas estas personas. Vestidos con su ropas típicas teñidas con el polvillo de la tierra rojiza impedía ver la grandeza y generosidad de sus corazones. Si ibas de camino e intuían que te era difícil el seguirlo, no dudaban en acompañarte hasta donde hiciera falta. Si preguntabas algo y no te entendían buscaban a otro que hiciera de intérprete. En una ocasión, llamaron a más de tres, hasta que conseguimos entendernos.

Al llegar a una casa inmediatamente te buscaban algo para que te sentaras, lo mejor que tenían en su casa o en la del vecino: un sillón confeccionado con palos, una silla, un taburete o un simple trozo de tronco; te ofrecían algo de beber, agua en un bote de metal o plástico, o dolo (la bebida típica) en una calabaza. Pronto acudían los amigos y familiares a darte conversación o hacerte honor con más dolo. La despedida no dependía de la hora del reloj. Había que pedir con tiempo suficiente el “camino” y no te lo daban tan pronto como querías. Con un poco de sorna nos decían “vosotros los blancos estáis siempre pendientes del reloj, nosotros disfrutamos del tiempo”.

Claro, al final siempre querían agradecer tu presencia con algún obsequio, normalmente con un pollo, huevos, cacahuetes…No pocas veces volvías a la misión con dos o tres pollos colgando de la moto, y siempre con el remordimiento de llevarte algo que ellos necesitaban, y que tú no podías rechazar para no ofenderles por el desprecio.

La segunda etapa en Sikasso fue diferente, y mucho más breve. Sikasso es la 3º ciudad del país, se disponía de más medios. Allí Miguel Gambín con la colaboración de Manos Unidas y los italianos de la ONG Mali-Gavardo, habían construido la escuela de Formación Profesional S, Juan Bosco. Llegué con mucha ilusión.

El Obispo, Mons. Cissé la misma tarde de la llegada ya se presentó por el Centro para darme la bienvenida. Había que poner el Centro en marcha, terminar muchas cosas…

Estábamos cuatro salesianos: Paco Silvestre, Miguel Gambín, Javier Berau y yo. Además teníamos tres prenovicios.

Las cosas se iban poniendo en marcha. En el taller de mecánica construimos el mobiliario de las aulas. Instalamos la megafonía, preparamos las pistas polideportivas, montamos el taller de electricidad, empezamos el curso escolar con la presencia de las autoridades…


“vosotros los blancos estáis siempre pendientes del reloj, nosotros disfrutamos del tiempo”



El primer ataque de paludismo me dio el día de Reyes cuando estaba concelebrando en la catedral; me recuperé relativamente pronto, pero luego vinieron las recaídas. Había ido a Bamako para recoger material para la escuela y me dio tan fuerte que tuvo que venir Miguel a recoger el coche, el material y a mi. La atención de los médicos y de los hermanos no eran suficientes para sacarme a flote y ya agotado tuve que volver.

Son muchos los recuerdos que guardo de las personas que conocí y muchas las anécdotas que podría contar, es una experiencia que no puedo olvidar.

En el Malí he pasado una etapa muy intensa de mi vida, ha sido como un sueño, allá sigue todavía palpitando un trozo de mi corazón.

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